Una herida que aún sangra en Colombia
Un día como pero de 1948 era asesinado el carismático líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán. Este magnicidio desató una rebelión popular en Bogotá que se expandió a otras ciudades y regiones del país y dio inicio a un período conocido como “La Violencia” que duró formalmente hasta 1958 pero cuyas consecuencias se prolongaron hasta la actualidad.
Gobernaba el país el conservador Mariano Ospina Pérez. Su mandato se caracterizó por la violencia institucionalizada, la persecución sistemática de dirigentes obreros, de militantes liberales y de izquierda, la aniquilación de organizaciones sindicales, una intensa represión en las zonas rurales y una espesa atmósfera macartista.
Ante ese clima de violencia y discriminación Gaitán convocó a principios de 1948 a una manifestación que se conoció como “la Marcha del Silencio” donde se congregaron mas de cien mil personas venidas de todo el país en la que pronunció un discurso dirigido al presidente del país que la historia colombiana recuerda como “la Oración de la Paz”.
Un mes después se manifestó en Manizales ante el asesinato de veinte militantes liberales masacrados en el departamento de Caldas. Su discurso en homenaje a esos hombres se conoció como «Oración por los Humildes». En marzo se apersonó en Bucaramanga ante el ataque que habían sufrido simpatizantes liberales, hecho perpetrado por grupos no identificados y exigió la renuncia de todos los ministros. Su presencia política y sus arengas claras y punzantes lo hacían cada vez más popular.
Jorge Eliécer Gaitán había nacido en el humilde barrio bogotano de Las Cruces; fue un joven líder estudiantil y participó en las protestas de 1919 que obligaron a renunciar al presidente Marco Fidel Suárez. Organizó la “Sociedad Literaria Rubén Darío” y cofundó el Centro Liberal Universitario. En 1924 se graduó en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Bogotá. Su tesis de graduación se tituló «Las ideas socialistas en Colombia». Ese año fue electo diputado de la Asamblea de Cundinamarca, cargo que ocupó hasta 1927.
Al año siguiente alcanzó su doctorado con honores en jurisprudencia en la Real Universidad de Roma. La tesis que defendió se llamó «El criterio positivo de la premeditación». De regreso a Colombia fue electo diputado como cabeza de lista y su fama como defensor de los derechos de los oprimidos creció durante los debates en el Congreso convocados por la matanza de centenares de trabajadores de la empresa estadounidense United Fruit Company a manos del Ejército Nacional de Colombia entre el 5 y el 6 de diciembre de 1928 en el municipio de Ciénaga, Magdalena. Esa carnicería humana se conoció como la «Masacre de las bananeras». Después de su intervención, en las calles, ya se hablaba del “tribuno del pueblo”.
En 1931 fue electo presidente de la Cámara de Representantes y en 1933 fue delegado del gobierno en la controversia limítrofe entre Colombia y Perú. En 1936 el gobernador de Cundinamarca lo designó alcalde de Bogotá mientras se desempeñaba como rector de la Universidad Libre. En su corta gestión de un año promovió la municipalización de los servicios públicos, estableció comedores escolares y jornadas deportivas para incentivar la actividad física de los bogotanos, creó bibliotecas móviles, estableció días cívicos dedicados a la lectura y la infancia y promovió conciertos gratuitos, inauguró la primera Feria del Libro de Bogotá, obligó a las empresas a instalar filtros en las chimeneas para no contaminar el aire de la ciudad y a instalar extintores.
Con motivo del 400 aniversario de la fundación de Bogotá ordenó a muchos habitantes a refaccionar y pintar las fachadas con su propio dinero, obligó a lustrabotas y taxistas a usar uniformes y a mendigos y niños de la calle a ingresar a centros para su rehabilitación y cuidado. Fueron medidas impopulares que derivaron en la revocatoria de su mandato. En 1940 fue nombrado ministro de Educación (inició una campaña nacional de alfabetización, implantó el zapato escolar gratuito, el cine educativo ambulante, la extensión cultural masiva e inició el Salón Nacional de Artistas). Tres años más tarde fue designado ministro de Trabajo, Higiene y Previsión Social (impulsó un proyecto de ley para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, luego de inspeccionar personalmente a empresas de la ribera del río Magdalena).
Esa actividad pegada a los sectores más necesitados y débiles de la sociedad lo transformó en líder natural del pueblo. En 1947 el Partido Liberal arrasó en las elecciones y el sector de Gaitan fue mayoría. Al año después fue proclamado jefe único del liberalismo. La violencia no aflojaba y convocó a la «Marcha de las Antorchas» y una nueva «Marcha del Silencio». Su imagen pública crecía y se encaminaba a ser proclamado candidato presidencial de los liberales colombianos.
Ese 9 de abril tenía agendada varias reuniones (una de ellas con un joven líder cubano llamado Fidel Castro) y se dirigía a almorzar con sus colaboradores. En la salida del edificio lo esperaban dos sicarios. Era la una y cinco. Uno de ellos le disparó cuatro balazos por detrás. Uno dio en la nuca y dos en la espalda. Otro fue al aire. Murió una hora después en la Clínica Central.
En simultáneo, se desarrollaba en Bogotá la IX Conferencia Panamericana (precedente de la OEA) en la que EE UU presionaba a las naciones para declarar al comunismo como una actividad ilegal y, en contraposición, el Congreso Latinoamericano de Estudiantes organizado para denunciar y protestar contra el vergonzoso intervencionismo estadounidense.
El asesinato de Gaitán detonó una casi instantánea rebelión popular y una posterior encarnizada represión. Fueron tres días de violencia continua que se extendieron a gran parte del país (Medellín, Cali, Tolima, Zipaquirá, Barrancabermeja, Armero y otras regiones “gaitanistas”). El supuesto asesino, Juan Roa Sierra, fue linchado y arrastrado por la Carrera Séptima hasta las escalinatas del Congreso de la República. La muchedumbre se engrosó y partió hacia el Palacio de la Carrera (actual Casa de Nariño, residencia presidencial). El asedio fue continuo. La Guardia Presidencial, una parte de la policía y varios francotiradores se ubicaron en los altos del Palacio y las iglesias. Otra parte de la policía simpatizaba con la rebelión y distribuyó armas. Una muchedumbre enardecida caminaba desde todas direcciones hacia el centro clamando venganza. A su paso asaltaban armerías, ferreterías, almacenes, comisarías. Incendiaban edificios gubernamentales, iglesias, tranvías. Hubo intentos de crear juntas revolucionarias locales. El centro de Bogotá era incontrolable y estaba en llamas.
Llegaron tropas desde la ciudad vecina de Tunja. Cinco tanques avanzaron por las avenidas hacia el Palacio. La confusión fue grande porque nadie sabía si apoyaban la rebelión o no; hasta que esas moles de acero y pólvora viraron, apuntaron a la población y dispararon. Solo en esos episodios se contaron casi 300 muertos. La cantidad de muertos en el “Bogotazo” nunca se sabrá. Algunos hablan de 3000, otros de una cifra mayor.
Mientras la represión crecía en violencia, el gobierno comenzó negociaciones con la dirigencia liberal que exigía su renuncia. Finalmente, acordaron un grado de representación de la oposición en el gobierno y piedra libre para aumentar la represión militar. Mientras tanto la rebelión popular de carácter bastante anárquico y sin dirección se fue agotando.
Las consecuencias fueron devastadoras. Crecimiento de los enfrentamientos armados entre liberales y conservadores durante años (una guerra civil no declarada); traslado de la violencia emanada de la frustración hacia áreas rurales; nacimiento de los grupos de autodefensa comunistas que se convirtieron en las futuras guerrillas (FARC, ELN) y la aparición de los primeros grupos paramilitares (los “Chuvalitos” en Boyacá y los “pájaros” en el valle del Cauca).
Jorge Eliécer Gaitán se convirtió de un líder en un símbolo histórico nacional.
La violencia quedó instalada durante décadas. Algunos calculan que murieron 450.000 personas. Según el Registro Único de Víctimas hubo nueve millones de víctimas entre desplazados, secuestrados, asesinados y desaparecidos. Hasta el momento, la Comisión de la Verdad y el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) han identificado 179.000 víctimas de asesinatos selectivos, especialmente perpetrados por paramilitares y agentes del Estado.
Una herida americana que sigue sangrando, busca una reparación justa para vivir con serenidad y se apoya en la memoria colectiva para enfrentar la tragedia vivida con entereza.
Ruben Ruiz
Secretario General



























