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Efemérides 29 de Septiembre – Caravaggio

Caravaggio
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El pintor que le dio carácter sagrado a lo profano y que desafió a la iglesia con un realismo brutal

Un día como hoy pero de 1571 nacía Michelangelo Merisi, alias Caravaggio, pintor italiano que ejercitó su arte en Roma, Nápoles, Malta y Sicilia, cuyo uso realista de la figura humana y la utilización dramática del claroscuro revolucionó el arte pictórico, ejerció una influencia liminar en el nacimiento de la pintura barroca y, para muchos expertos, dio inicio a la pintura moderna.
Nació en Milán, región de Lombardía. Hijo de Lucía Aratori y de Fermo Merisi, administrador y arquitecto decorador del duque de Milán y Marqués de Caravaggio, Francesco Sforza Colonna. A esa pequeña localidad se mudaría la familia Merisi en 1576 para refugiarse de la peste que azotó a la capital lombarda. Al año siguiente el padre de la familia fallecería. Inmediatamente Michelangelo comenzó a trabajar como aprendiz en el taller del pintor Simone Peterzano y aprendió las técnicas pictóricas. Probablemente, haya sumado a esos saberes el estudio de las obras de pintores de la escuela veneciana como Tiziano, Giorgione y Tintoretto.
A mediados de 1592 se trasladó a Roma en estado de absoluta pobreza. Visitó asiduamente el taller del pintor siciliano Lorenzo Carli, del romano Antiveduto Grammatica e hizo contacto con Giuseppe Cesari, pintor de cámara del papa Clemente VIII, que le dio trabajo en su taller. Allí pintó sus primeros cuadros: Muchacho pelando fruta, Cesto con frutas y Baco. Aparecía un naturalismo expreso en su pintura y se hizo conocido como el pintor “de frutas y flores”.
En 1594 se retiró del taller de Cesari y confió en los saberes y experiencia acumulada para iniciar su propio camino. Forjó nuevas amistades que tuvieron gran peso en su vida: el pintor Próspero Orsi que lo introdujo en el mundo de los coleccionistas de arte y le presentó al cardenal Francesco Maria del Monte (su primer protector y mecenas); el arquitecto Onorio Longhi que lo sumergió en los bajos fondos romanos y en el terreno de las peleas callejeras y Mario Minnitti que fungió como modelo y, años más tarde, como su ayudante en Sicilia.
El cardenal del Monte le ordenó varias obras. Las primeras fueron La buenaventura, óleo sobre lienzo en que retrató a un joven junto a una niña gitana que lee su mano y con astucia le roba un anillo; Jugadores de cartas, en el que aparecen dos jóvenes jugando a los naipes, uno astuto y otro inocente y un tercer personaje parado atrás que devela las cartas que posee uno de ellos. Escenario marginal, engaño, inocencia y maldad en los rostros de los personajes y en la postura de sus cuerpos.
Los músicos, un trío de jóvenes y Cupido en la trastienda con un racimo de uvas, un manuscrito y un laúd, emoción en el personaje principal, concentración en sus amigos. Joven tocando el laúd, un adolescente de rasgos andróginos con gesto de regocijo, las manos suaves en el encordado, el texto de un supuesto madrigal sobre la mesa. Placer, gozo y belleza. Chico mordido por una lagartija, una escena trivial que expresa un realismo pleno, que atrae.
Urgido económicamente, acabó con esa primera etapa profana cuando le fueron encargados motivos religiosos. Allí debió tomar una decisión: representar figuras áulicas y etéreas o ser fiel a su estilo de representación llana, con rasgos vulgares, con personajes comunes, con imperfecciones visibles. Eligió ser fidedigno. Prostitutas, mendigos y chicos de la calle fueron sus modelos preferidos. Ropas andrajosas, pies sucios, piernas hinchadas, arrugas profundas, su target escénico. Eso produjo tensiones permanentes con una iglesia que exigía cánones de pureza y presencia quasiaristocrática. La diferencia la hizo el talento de Caravaggio.
Su primera obra de esta etapa fue Magdalena penitente, recursos mínimos para representar la melancolía y el arrepentimiento de la cortesana redimida con un estilo poco religioso: cabello mojado, un frasco con vino, joyas esparcidas. Un alma desnuda pero presente y vital. Luego pintó San Francisco de Asís en éxtasis, obra criticada por la curia por mezclar el éxtasis con los estigmas pero que el pueblo abrazó por la dulzura que emanaba de los personajes. Más tarde Descanso en la huida a Egipto, cansancio, musicalidad, reposo en María y el niño o Marta y María y una obra vigorosa: David vencedor de Goliat, el joven sosteniendo la cabeza del gigante sobre un fondo oscuro. Cuerpos en tensión, momento de victoria trabajosa.
Los claros y los oscuros habían sido usados para dar volumen y profundidad. Ahora, los tonos oscuros envuelven a los personajes, son parte esencial del dramatismo de la obra, la luz se instala en puntos determinados que ensalzan los rostros o gestos y se especializa en el uso de la “luz de bodega”, mortecina y lúdica que une los extremos lumínicos. La cena de Emaús, La vocación de San Mateo y El martirio de San Mateo, son algunos ejemplos de ese estilo.
Se tomó un respiro y retornó a la pintura secular con El triunfo del amor, un Cupido desnudo, con arco y flechas, sobre los símbolos del arte, las ciencias y el gobierno. Obra intensa, provocadora, profana, que exuda energía. Pronto retornó a los temas religiosos: El entierro de Cristo, La Madonna de Loreto y La muerte de la Virgen, entre otras.
Su carácter irascible, su impronta pendenciera, su apego al vino y la vida licenciosa y su liderazgo en los entreveros fueron su lado B. En 1606 hirió de muerte en una reyerta a Ranuccio Tomassoni, aristócrata de poca monta y jefe de una pequeña banda. Sus mecenas no lo pudieron proteger y huyó a Nápoles. Allí consiguió nueva protección: la poderosa familia Colonna. El poder de Roma era débil en el sur y el nuevo paraguas le permitió un espacio de paz para pintar nuevamente. Siete obras de misericordia y La Madonna del Rosario fueron sus respuestas estéticas que lo posicionaron como una estrella de la pintura napolitana.
Inquieto, se marchó a Malta donde fue albergado por Alof de Wignacourt, Gran Maestre de la Orden. Su trabajo fue profuso y picaron en punta La decapitación de San Juan Bautista y Retrato del gran maestre de la Orden de Malta Alof de Wignacourt. Fue nombrado caballero de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta pero su cercanía con la violencia nuevamente lo marginó. Una pelea callejera, heridas de gravedad en el contrincante y destrucción parcial de una casa lo depositaron en la cárcel de La Valetta. La investigación arrojó que, además, continuaba el pedido de pena de muerte en Roma y fue expulsado de la Orden. En un santiamén huyó de prisión y recaló en Sicilia.
Su viejo amigo Mario Minitti lo refugió. Se aquerenció en Siracusa y visitó Messina y Palermo. La pintura le permitió vivir con holgura: La sepultura de Santa Lucía, El entierro de Lázaro y La adoración de los pastores fueron suficientes muestras de maestría. Su trazo cambió, los personajes aparecieron mas espaciados y nacieron los vacíos. El uso de la luz para centrar la obra siguió siendo impecable. A los nueve meses retornó a la amistosa Nápoles. Su nueva mecenas fue Constanza Colonna. Su centro de operaciones, el Palazzo Cellammare. En estas tierras realizó sus últimas pinturas: La negación de San Pedro, expresiva, serena e inculpadora y El martirio de Santa Úrsula, intensa, dramática, vívida.
El lado oscuro de la noche de Nápoles jugó sus cartas. Caravaggio fue víctima de un intento de asesinatos por unos desconocidos. No lo consiguieron pero le desfiguraron el rostro. Sus miedos se hacían realidad. Dormía armado y caminaba con desconfianza. Su olfato no le falló.
En el verano de 1610 se embarcó a Roma en busca del indulto cardenalicio que, finalmente logró, a cambio de una promesa: dos cuadros de San Juan y uno de Magdalena. No pudo cumplir. La muerte atravesó su camino. La disentería y la debilidad le fueron ganando la batalla.
No obstante, las razones de su muerte son un misterio. Es probable que haya ocurrido en Porto Ercole, cerca de Grosseto, en Toscana. Murió en su ley. Solitario, débil, libre, sin red.
Su pintura fue olvidada durante siglos. Hoy, esta siendo reconocida y valorada. El barroco sabe de su importancia. Los comunes más pobres y olvidados se ven reflejados en su trazo. Los llevó a alturas insospechadas y los vistió de ángeles o santos. La iglesia todavía lo mira de reojo…

Ruben Ruiz
Secretario General 


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