El hombre que revolucionó el estudio de la historia moderna y le dio la palabra a las y los comunes
Un día como hoy pero de 2012 se despedía Eric John Ernest Hobsbawm, historiador, profesor universitario y crítico de jazz británico de ascendencia judía que combinaba investigación histórica profunda con talento literario y contribuyó significativamente a la construcción de la disciplina de la historia social que enfrentó a la tradición historiográfica victoriana basada en los grandes estadistas, las batallas o los tratados diplomáticos y extendió su estudio al conjunto de la vida, a los hechos de civilización, a la economía, a todas los estamentos de la sociedad.
Fue un personaje épico en la lucha por la modernización de la historiografía y en problematizar la historia que debía dejar de ser la “política del pasado” y transformarse en la historia de las estructuras y de las transformaciones en las sociedades y las culturas. El movimiento obrero, las clases sociales, los fenómenos de sociedad y la interacción entre los hechos económicos, políticos, jurídicos o religiosos comenzaron a ser relevantes. No solo los grandes personajes.
Nació en 1917 en Alejandría, Egipto (en ese momento era parte del imperio británico con status de Protectorado). Hijo de Leopold Percy Hobsbawm y Nelly Grün, ambos judíos no practicantes pero sí inmersos en lo cultural y social de la colectividad. Su padre murió en 1929 y su madre meses después por lo que fue criado junto a su hermana por su tía materna Gretl Grün y su tío paterno Sydney Hobsbawm con quienes vivieron en Viena y Berlín.
Cursó sus estudios en el Prinz-Heinrich-Gymnasium en la capital alemana. A principios de la década del ‘30, en consonancia con el ascenso del nazismo, se mudaron a Londres y completó sus estudios en el St. Marylebone Grammar School. Se incorporó a la agrupación “Estudiantes socialistas” y luego se afilió al Partido Comunista británico. Gracias a su sólida formación logró una beca para ingresar en el King’s College de la Universidad de Cambridge. Allí formó parte de una antigua sociedad secreta de la élite intelectual que funcionaba en la Universidad: “Los Apóstoles de Cambridge” fundada en 1820. Una inestimable escuela formativa y de debate.
En 1939 se graduó con honores en Historia y comenzó su carrera de posgrado que se vio interrumpida por el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Fue convocado a combatir. Primero como zapador y constructor de puentes y, más tarde, como integrante del Departamento de Educación del Ejército. En ese contexto fue sometido por primera vez a la vigilancia de los servicios de inteligencia por su pública filiación comunista.
No obstante las dificultades, en 1942 alcanzó la Maestría (Master fo Arts). Al año siguiente se casó con Muriel Seaman. Finalizada la guerra retornó a Gran Bretaña. Su condición política le impidió ejercer como docente universitario o presentar sus trabajos en la BBC. Finalmente, en 1947 concursó y obtuvo una plaza de docente de Historia en el Birkbeck College, de la Universidad de Londres que le permitió tener un ingreso económico regular.
El aislamiento forzado de una parte de los intelectuales de la izquierda británica permitió organizar a un conjunto de pensadores marxistas en torno al “Grupo de Historiadores del Partido Comunista” entre 1946 y 1956 que transformó la enseñanza y la práctica de la historia en la isla e influyó en Europa. Eric Hobsbawn fue clave en su formación junto a Edward Palmer Thompson, Rodney Hilton, Christopher Hill, Maurice Dobb y Raphael Samuel, entre otros.
En esos años se doctoró en Historia con una tesis sobre la Sociedad Fabiana, germen del Partido Laborista británico. Su estabilidad laboral le dio el tiempo necesario para macerar sus extensos, diversos y accesibles trabajos históricos. La expansión de la enseñanza superior británica de posguerra le proporcionó un público nuevo con actitud lectora y crítica social. En la década del ’60 su trabajo historiográfico y el reconocimiento internacional confluyeron.
En 1959 escribió una obra disruptiva: Rebeldes primitivos, en la que describió las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX (los bandidos ingleses, los anarquistas andaluces, los bandoleros sicilianos, las sectas obreras británicas) y estudió al campesinado como un protagonista histórico de peso. En 1962 se casó con la lingüista Marlene Schwartz con quien tuvo una hija y un hijo. A la par, recorrió varios países de Sudamérica y amplió su espectro. Observó una región con una evolución histórica producida a un ritmo acelerado que desembocaba en una combinación de relaciones sociales y fenómenos variados y contradictorios y develaba una tensa y asombrosa coexistencia de diferentes tiempos históricos. En 1969 incorporó esa experiencia en una nueva versión de la obra original.
A principios del ’60 comenzó su obra monumental sobre la historia universal contemporánea. El primer libro fue La era de la revolución, 1789-1848, una visión general de la sociedad europea y las relaciones con las sociedades no europeas en el mundo en la década de 1780. Estableció su tesis sobre las dos revoluciones (la Francesa y la Industrial) y describió la predominancia de la vida rural, el asentamiento gradual de las urbes, la disputa y uso de la tierra, las guerras, la relevancia industrial, la pobreza extendida de los obreros, la ideología secular, la irrupción de los nacionalismos, el avance de las ciencias, el interés por el talento.
El segundo fue La era del capital, 1848-1875, sobre la extensión de la economía capitalista a todo el mundo (por consiguiente su escritura se sumergió en cuestiones globales); las revoluciones de 1848, que exigieron el fin de las monarquías, libertades civiles y derechos democráticos, la expansión de la década de 1850, las turbulencias de la década siguiente y la depresión de principios de la década de 1870. Tiempos cortos y de gran extensión geográfica.
El tercero fue La era del imperio, 1875-1914, un momento histórico que comenzó con una depresión económica y una rápida recuperación de la economía capitalista mundial que implicó cierta debilidad británica y la aparición de las economías alemana y estadounidense. Aumento de la productividad, crecimiento de la desigualdad social, un período de paz relativa pero un desarrollo del complejo militar-industrial que preveía un conflicto bélico inevitable. También fue el interregno cultural de la Belle Époque y la disputa entre las ideas crecientes sobre el progreso y la ciencia en confrontación con las antiguas fuerzas de la religión.
Una cuarta obra fue Historia del siglo XX que sitúa decididamente entre 1914 y 1991. Es un texto escéptico en el que desmenuza el fracaso del llamado socialismo real, del capitalismo de mercado, de los nacionalismos y de la creencia de que el comercio internacional irrestricto permitiría a los países más pobres acercarse a los ricos. Una nueva demostración que chocó contra la experiencia histórica y el sentido común que tiene consecuencias hasta nuestros días. Asimismo, agregó un ingrediente irónico: que la economía más dinámica y de más rápido crecimiento del globo después de la caída del socialismo soviético fuese la de China Popular.
En 2007 sorprendió con un libro que tiene actual vigencia: Guerra y paz en siglo XXI cuyo título original traducido del inglés es Ensayos sobre globalización, terrorismo y democracia. Nueve críticas a la errónea conclusión de que derrotado el “campo socialista” se avecinaba el fin de la historia dado que el mundo se convertiría en forma permanente al modelo occidental de capitalismo y su correlato de gobernanza liberal.
Demostró con datos la evidencia de que la actual fase de desarrollo capitalista globalizado estaba destruyendo toda posibilidad de orden público, amenazaba la existencia de los Estados-Nación y condicionaba hasta la supervivencia de la democracia. Reveló la emergencia de un desorden estable ante la pretensión imperial estadounidense de imponerse de modo unilateral y por medio de la fuerza, la creciente oposición a tales pretensiones de países emergentes pero también de actores no estatales, como el terrorismo, el crimen organizado y la piratería, con una inédita disponibilidad de armamento sofisticado. Anticipatorio de un mundo que ya llegó.
Historiador que renovó esa ciencia, talentoso, polémico, incómodo, popular, opositor de los nacionalismos autoritarios y de los desvaríos de muchos artistas contemporáneos, erudito (hablaba inglés, alemán, francés, castellano e italiano y leía en neerlandés, portugués y catalán), admirador de Antonio Gramsci y Nikolai Bujarin, fino crítico de jazz (bajo el seudónimo de Frankie Newton, homónimo del trompetista comunista de Billie Holiday).
Un cuadro de leucemia que se complicó con una neumonía pudo con su vida de buceador incansable de la historia humana. Su familia, la curiosidad, el espíritu investigador, la tenacidad, las contradicciones, los ficheros, los infaltables anteojos fueron sus últimos acompañantes.
Salú Eric Hobsbawm!
Ruben Ruiz
Secretario General




























