El poeta errante del exilio español y de la esperanza constante
Un día como hoy pero de 1884 nacía Felipe Camino Galicia de la Rosa, poeta, dramaturgo, traductor y farmacéutico español que se transformó en uno de los grandes poetas de la lengua española y en una de las voces del exilio republicano con un estilo inclasificable, cercano, emotivo y predictor de acontecimientos decisivos para un pueblo español que fue capaz de construir una República de objetivos y prácticas audaces en la primera mitad del siglo XX y fue castigado por los poderosos del mundo (por acción u omisión) sin ninguna clase de tapujos.
Nació en Tábara, provincia de Zamora pero vivió su infancia en Sequeros y Sierra de Francia (Salamanca) y Santander (Cantabria). Hijo de Valeriana Galicia Ayala y de Higinio Camino de la Rosa, notario (escribano público); ambos de ascendencia vallisoletana. Tuvo un hermano y cuatro hermanas. Cursó sus estudios primarios en el colegio de Don Quintín Zubizarreta y el bachillerato entre el Instituto y el Colegio de los padres escolapios de Villacarriedo.
Bajo la insistencia paterna cursó sus estudios superiores en Valladolid y Madrid y se recibió de Licenciado Farmacéutico en 1905. No obstante, su inclinación por las letras y el teatro siempre fueron puestas de manifiesto. Retornó a Santander donde abrió una farmacia que, al mismo tiempo, funcionó como lugar de reunión de poetas y escritores. Su padre falleció en 1908. La debacle económica de la familia lo decidió a trasladarse al Levante español donde abrió farmacias en varios pueblos e integró una compañía de actores cómicos.
En esa época descubrió su vocación poética y decidió dedicarle más tiempo a la literatura. Trabajó como regente de farmacia en varios pueblos castellanos y escribió el poemario Versos y oraciones de caminante en un estilo llano que tuvo cierta consideración. En 1914 fue condenado por una estafa cometida años antes y fue trasladado de Madrid a Cantabria. Cumplió su condena de tres años en el penal de El Dueso, Santoña (Santander).
A su salida en 1917, su cuñado le consiguió un trabajo como regente de farmacia en la villa de Las Encartaciones (Vizcaya) donde vivió con su familia durante dos años. En 1919 abandonaría la villa por cuestiones amorosas, se trasladó a Madrid y comenzó una vida bohemia, de extrema pobreza y cierto grado de aislamiento que impactaría en su obra poética, reflejadas en un fragmento de uno de sus poemas de esa época:
“He dormido en el estiércol de las cuadras,
en los bancos municipales,
he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos
y me ha dado limosna —Dios se lo pague—
una prostituta callejera…”
En 1920 un político amigo de Cantabria le consiguió un trabajo como administrador de hospitales en el enclave colonial africano de Fernado Poo (luego Guinea Española y hoy Guinea Ecuatorial). Trabajó allí durante dos años hasta que en 1922 partió hacia México con una carta de recomendación del diplomático y traductor Alfonso Reyes que le facilitó su ingreso laboral. Trabajó como bibliotecario en Veracruz, profesor en la Escuela de Verano de la Universidad de México y, años después, agregado cultural de la Embajada de la España republicana Allí conoció a la Berta Gamboa, profesora de español en EE UU, con quien se casó en 1925. Se traslado a EE UU y trabajó como lector y profesor de Lengua y Literatura en la Universidad de Cornell donde también estudió y se graduó. Se mudó a Nueva York donde tradujo textos de Walt Whitman y Waldo Frank (que tendrían influencia en su escritura) y coincidió con una estadía de Federico García Lorca en la que el poeta granadino esbozaba “Poeta en Nueva York”.
De esa época es el segundo volumen de Versos y oraciones de caminante y, ya en territorio gringo, el poemario Drop a Star, versos esperanzadores, místicos, directos; mixtura de quijotesco y personalmente bíblico. Comienza su estilo de “poeta del camino” que lo caracterizará en el futuro.
Cuando estalló la Guerra Civil española no dudo y desde Panamá se trasladó a la península. Defensor de la República, se instaló en Madrid, se vinculó a grupos anarquistas y vivió el proceso de la derrota que llevó al gobierno legítimo a funcionar en Valencia. En 1937 escribió La insignia, un grito desesperado ante las divisiones del bando republicano luego de la caída de Málaga y Bilbao. Un llamado a los grandes y pequeños responsables del gobierno, a los comisarios y partidos políticos, a los comités, a los sindicatos, a los campesinos, a los peluqueros, a los mozos de café, a los lustrabotas, que fue poco escuchado.
En 1938 publicó El payaso de las bofetadas y el Pescador de caña, una reflexión de tono trágico en que el poeta se instala como testigo del sufrimiento humano al mismo nivel que sus semejantes, evitando esa creencia ficticia de lejanía que se monta sobre los escribas. Un texto arraigado en lo profundo de las letras españolas con intención de renovar la tensión con la realidad presente. Un intento de reponer el sentido de justicia frente al dolor y la persecución.
La guerra lo había cambiado. Su pluma lo dejaba claro. Se expandía el poeta de la conciencia. La derrota a manos del franquismo lo convenció en ser más preciso, más directo, más enérgico en la defensa de los valores que arropan a las mayorías y en la denuncia perenne contra los “conocidos de siempre” que detentan el poder y se roban la ilusión y la materialidad.
El exilio en México lo hizo más poeta y se convirtió en la voz poética del exilio español.
En 1939 publicó el desgarrador Español del éxodo y del llanto, versos libres para describir el despojo, la tragedia de la derrota republicana ante el silencio global, la dignidad del español desterrado, la nostalgia del peregrino, la oscura “mancha roja” de la guerra. Luego publicó Ganarás la luz, una antología biográfica personal y colectiva que diseñaba los versos para ordenar el nuevo universo y hace convivir el destierro con una humana esperanza.
En 1950 llegó Llamadme republicano, poesía áspera, sin artilugios, en la que rechaza a la “patria oficial” y reivindica la condición de peregrino. Reflexión y emoción. Poesía desde las tripas. Más adelante publicó El ciervo, poesía rebelde en búsqueda de la verdad como refugio, de tensión para revitalizar la memoria, saciar la sed de justicia y convivir con el dolor.
Antología rota, fue un sumario exquisito de su poesía vital, inconformista y relatora de su vida literaria. Rocinante, fue una vuelta de tuerca en su pasión quijotesca, una reivindicación de la búsqueda de la condición humana, una emotiva revalorización la lucha por la libertad, de la pobreza digna aún en el exilio, un halo prometeico para quienes hereden sueños épicos. Finalmente, destiló sabiduría en Oh, este viejo y roto violín, poesía sobre la vejez, la memoria difusa, la soledad, el desarraigo y la necesaria y perenne firmeza para denunciar las injusticias. Como dijo el poeta del exilio español: “un grito en la sombra…”
De pluma inclasificable, de religiosidad personal, de léxico sobrio, de palabra cercana y emotiva. Caballero trashumante que regó de pequeñas esperanzas los grandes dolores.
Ruben Ruiz
Secretario General



























