Maestro de escritores y defensor del idioma de los argentinos
Un día como hoy pero de 1935 nacía Abelardo Castillo, escritor argentino, docente, periodista, aficionado al boxeo, al ajedrez, al remo y al ping pong; una de las plumas necesarias del siglo XX que mixturó su literatura decidida y disruptiva con un compromiso social y político extendido en el tiempo e inconmovible ante las adversidades argentas.
Nació en la ciudad de Buenos Aires pero a los 11 años se trasladó con su padre a la ciudad de San Pedro, provincia de Buenos Aires. En 1952 regresó a la gran ciudad y ya no se iría más. Los livings de sus departamentos se transformaron en los talleres literarios más trajinados y buscados por los potenciales escritores durante cuatro décadas. En algunos momentos fueron espacios de inmersión en la diversidad literaria, en otros fueron ámbitos clandestinos donde disfrutar las obras silenciadas por la brutalidad dictatorial. Siempre zonas de aprendizaje fértil donde el maestro era estricto, donde se trabajaban los textos con pasión y donde se incorporaba la noción de corrección interminable.
En 1959 ganó el Primer Premio de la revista “Gaceta Literaria” con su pieza para teatro El otro Judas, una versión atípica de la culpa y la redención. Ese mismo año, fundó, junto a Arnoldo Liberman, Humberto Costantini, Oscar Castello y Víctor García Robles, la revista literaria “El grillo de papel” que nació como un contrapunto a la ortodoxia comunista local encarnada por la revista “Gaceta Literaria” dirigida por Pedro Orgambide. Herramienta innovadora, crítica, con intenciones de irrumpir en la discusión cotidiana desde el pensamiento de izquierda y tocar temas irreverentes.
Primaba la ficción a la teoría política, la publicación de obras de poetas no tan conocidos, un abordaje cultural integral y pequeñas secciones donde reinaban el humor, la sátira y el desparpajo. El primer cuento publicado correspondió a Abelardo Castillo y fue “El marica”. Impacto asegurado. Su estilo frontal y su posición estética y política determinaron que el gobierno de Arturo Frondizi ordenara el cierre de la imprenta donde se editaba. Fueron seis números que dejaron huella.
En 1960 ganó el concurso literario promovido por la revista “Vea y Lea”, cuyo jurado estaba compuesto por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou. El cuento fue Volvedor, historia del retorno de un guapo, la crueldad de algunas relaciones humanas, la oscuridad del pasado y las traiciones, la ilusión de un antiguo amor y la venganza fría expresada en tres líneas.
Inquieto como su amigo Liberman ese año dieron continuidad a la revista prohibida con el nombre mítico de “El escarabajo de oro” y la dirigieron. Staff de lujo: Liliana Heker, Vicente Battista, Eduardo Barquín, Raúl Scari, Alicia Saboulard, Miguel Briante, Lelia Varsi y Ricardo Piglia. Colaboradores de fuste: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato, Beatriz Guido, Dalmiro Sáenz, Juan Goytisolo, entre otros. Fue una revista porteña con apertura latinoamericana y proyección global en la que se publicaron cuentos, poemas, se realizaron infinidad de reportajes y que se sumergió en la crítica literaria, teatral y cinematográfica.
Tampoco se privó de debatir y polemizar con otras publicaciones de la izquierda autóctona como “Cuadernos de Cultura” o “La Rosa Blindada”. Era la rica y tormentosa dinámica de una época fecunda. En sus páginas habitó la diversidad temática de la mano de Jean-Paul Sartre, Vargas Llosa, Henry Miller, Marlon Brando, Félix Grande o Juan Rulfo junto a las primeras publicaciones de Jorge Asís, Alejandra Pizarnik o Isidoro Blaisten, entre otros.
La revista tuvo una vida más dilatada que su primera versión pero la censura y la presión gubernamental determinaron su cierre en 1974. Fueron treinta y siete números y un boletín extra (el 29 y medio) notables para descifrar la cultura y la política de esas décadas plenas de creatividad.
En 1977 cofundó y participó en el equipo de redacción de otra revista indispensable, “El ornitorrinco”, junto a su esposa, la escritora Silvia Iparraguirre, Daniel Freidemberg, Irene Gruss, Liliana Heker, Bernardo Jobson, Cristina Klein, Ana de Llosa, Laura Nicastro, Elia Parra, Cristina Piña, Julia Sancho y Enrique D. Zattara. Una revista de resistencia cultural generada dentro del país en medio de la noche dictatorial que realzó la literatura y dio testimonios políticos concretos en momentos peliagudos: en 1978 fijó su posición contraria a la guerra con Chile y en 1981 reprodujo las dos solicitadas de Madres de Plaza de Mayo reclamando las listas de personas desaparecidas e información sobre su paradero. Su último número se publicó a mediados de 1986. Buena cosecha.
En 1961 había publicado su primer libro de cuentos: Las otras puertas donde explora la alienación, la soledad, el deseo, los sentimientos duales, la locura, la culpa, los mundos marginales, la ternura no exenta de crueldad, la injusticia social. Con esa obra ganó el Premio Casa de las Américas. En 1964 retornó al teatro y escribió Israfel, un clásico argentino que remite a la tortuosa vida de Edgar Allan Poe, la voluntad literaria en medio de la miseria, un trabajo mínimo, la muerte de seres amados, el alcohol y el opio; la representación de un poeta “maldito”, perturbado, persistente, inteligente y, finalmente, querible. Una obra desarrollada en dos actos y “dos tabernas” en las que se inicia y finaliza el relato que recupera el eco de esa voz que lucha por no rendirse y termina siendo cercana.
En su camino zigzagueante retomo el hilo del cuento y publicó Cuentos crueles, relatos breves sobre el poder, la violencia, la prepotencia machista, la resistencia, resueltos con una escritura feroz. Una honda descripción literaria del patriarcado. Un autor de época que no miró para otro lado. En esa senda narrativa se inscriben Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982), Las maquinarias de la noche (1992) y El espejo que tiembla (2005).
También lo atrajo la novela. En 1968 escribió La casa de ceniza, ficción sobre el mundo de las pesadillas y reflexión sobre la creación artística, la moral, lo fantástico y la presencia de la muerte. Continuó con El que tiene sed que algunos críticos consideran como el mejor retrato del alcoholismo de nuestra literatura (una adicción que el autor sufrió y superó) y El evangelio según van Hutten, una intrigante novela sobre potenciales censuras a supuestos rollos milenarios encontrados en el Mar Muerto y que ponen en entredicho la versión oficial sobre la figura de Jesús.
Su estancia en el ensayo no lo privó de debates y reflexiones profundas y pintorescas. Un primigenio escrito fue “Discusión crítica a la crisis del marxismo” en el que defendió un marxismo humanista, no dogmático, autocrítico, en permanente renovación ideológica en el que insertaba el compromiso del artista. Otro fue “Las palabras y los días”, una serie de crónicas y relatos sobre la condición humana desde sus pasiones y sus puntos de vista que mezclan filosofía, boxeo, cafetín, lecturas, ajedrez. Un aguafuerte cercano. Uno más: “Ser escritor”, un compendio sobre el oficio literario. Desde el compromiso y la ética hasta la corrección de estilo y el uso correcto de algunas palabras. Y el ensayo del estribo: “Desconsideraciones”, una mirada sincera y desenfadada sobre la literatura, la lectura y sus autores preferidos (Arlt, Poe, Sartre, Borges, Quiroga).
Escritor conspicuo del lado menos luminoso de la existencia, generador de energía colectiva en sus talleres literarios clandestinos durante la dictadura o abiertos en democracia, buceador de las situaciones límites donde sentía comodidad para expresarse libremente, perfilador de personajes extremos que conviven con cierta fatalidad en lugares reconocibles: la calle de la ciudad, el boliche, el mundo suburbano, los pueblos chicos, los cuarteles y amigo literario del pleito o la discusión tensa donde sus personajes desencadenan desafíos, verdades o pasiones ocultas o desconocidas.
En el otoño de 2017 una complicación posterior a una operación intestinal gritó jaque mate y su búsqueda insaciable de luminosidad en la penumbra se tomó una sosegada pausa.
Salú Abelardo Castillo! Un integrante callejero y sabiondo de nuestra popular imaginaria.
Ruben Ruiz
Secretario General



























