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Efemérides 29 de Noviembre – Andrés Bello

Andrés Bello
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Un sabio americano con talento intelectual, capacidad de servicio y heroísmo silencioso

Un día como hoy pero de 1781 nacía Andrés de Jesús María y José Bello López, filósofo, jurista, traductor, filólogo, editor, pedagogo, poeta, ensayista, político y diplomático venezolano (posteriormente nacionalizado chileno), considerado uno de los intelectuales más importante del siglo XIX y pionero en el armado del “software” que cimentó la construcción de las naciones independientes de América Latina. En su país natal se recuerda la trilogía emancipadora con nombres propios: Miranda “el Precursor”, Bolívar “el Libertador” y Bello, “el Educador”.
Nació en Caracas, en ese entonces Capitanía General de Venezuela. Hijo de Ana Antonia López Delgado y de Bartolomé de la Luz de Bello y Bello, abogado de la Audiencia y fiscal. Su primera instrucción la tuvo en la academia dirigida por Ramón Vanlosten. Su residencia en esos años fue la casa de su abuelo materno, Juan Pedro López cuyos fondos daban al convento de La Merced. La biblioteca conventual fue el centro de operaciones en el cual consumir su voracidad por las letras. También fue la puerta de entrada para aprender latín de la mano del padre Cristóbal de Quesada y su lugar de lecturas iniciales de los clásicos del Siglo de Oro español.
A los quince años ya había traducido el Libro V de la Eneida, escrito por Virgilio. Sus estudios secundarios los cursó en la Real y Pontificia Universidad de Caracas donde se recibió de bachiller en Artes. Antes de graduarse compartió una expedición para ascender a la cima de la Silla del cerro de El Ávila (hoy Pico Oriental de la Silla de Caracas) junto al explorador Alexander von Humboldt y al botánico Aimé Bonpland. El humanismo, producto de sus lecturas y el naturalismo que le acercaron las excursiones ingresaban a su vida y ya no se irían jamás.
Estudió en forma autodidacta inglés y francés e inició estudios de medicina y derecho. Para sostener su economía impartió clases particulares (entre sus alumnos se encontraba Simón Bolívar). Pero su destino sería otro y abandonó sus estudios. En 1802 ganó el concurso para el cargo de Oficial Segundo de Secretaría del gobierno colonial donde gestionó los actos públicos y acontecimientos culturales y demostró alta eficacia para resolver trámites políticos oficiales. Al mismo tiempo frecuentó el mundo de las tertulias literarias y tradujo Zulima, de Voltaire.
La viruela había hecho estragos varias veces. En 1807 Bello fue designado secretario político de la junta de la vacuna y coordinó con eficacia el trabajo de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, enviada por el rey español Carlos IV. Luego de esa experiencia escribió el poema “Oda a la vacuna” y una pequeña obra en verso titulada “Venezuela consolada”.
En 1808 llegó la primera imprenta a Caracas y nació una de las primeras publicaciones venezolanas: “La Gazeta de Caracas” en la que Bello fue designado primer redactor. En 1809 redactó el “Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros en Venezuela” que finalmente se imprimió al año siguiente. Almanaque civil, astronómico y religioso con datos de los gobernantes, autoridades políticas y judiciales, un listado de escribanos y abogados de Caracas, autoridades de la Real y Pontifica Universidad y sus cátedras. Además contenía un “Resumen de la historia de Venezuela” sobre la historia de la conquista y de la población de la Provincia de Venezuela y que contenía relatos de las vivencias del propio autor desde finales del siglo XVIII. A su vez, publicó nuevas Odas Al Anauco y A la victoria de Bailén, el romance “A un samán”, los sonetos “A una artista” y “Mis deseos” y el drama “España restaurada”, entre otras.
En 1810 participó de los sucesos revolucionarios que desembocaron en la Independencia de Venezuela. Inmediatamente fue enviado como auxiliar de la comitiva formada por Simón Bolívar y Luis López Méndez cuyo objetivo era el reconocimiento de Inglaterra hacia el nuevo gobierno. La estadía en tierras británicas sería prolongada. En 1812 retornó el poder español en su tierra y comenzó su exilio. Sin trabajo ni salario, impartió clases particulares de francés y español, tradujo manuscritos de Jeremy Bentham y fue institutor de los hijos de William Richard Hamilton, subsecretario de Relaciones Exteriores británico. Su único alivio fue habitar la casa de Francisco de Miranda con su enorme biblioteca en la que se sumergió de cabeza. Se consolidaba el literato y jurista liberal, americanista y republicano con influencia británica.
Su vida privada también fue intensa. En 1814 se casó con Mary Ann Boyland, con quien tuvo tres hijos y de quien enviudó en 1821. En 1824 se casó en segundas nupcias con Elizabeth Antonia Dunn con quien tuvo doce hijos. Ambas tenían veinte años al momento de casarse. Su entorno también fue decisivo. Compartió amistad con liberales españoles en el exilio como José María Blanco White, Bartolomé José Gallardo y Antonio Puigblanch, el economista escocés James Mill, el diplomático guatemalteco Antonio José de Irisarri (encargado de negocios de Chile de gran ayuda en el futuro), entre otros. Trabajó de bibliotecario y profesor particular de José María Blanco White y logró estabilizar mínimamente su precaria economía.
Fue un gran período formativo e intelectual. Escribió los poemarios Alocución a la poesía y La agricultura de la zona tórrida, fue redactor en el “El Censor Americano” y “La Biblioteca Americana” y director de “El Repertorio Americano”. Manifestación de americanismo en tierras europeas y defensa de la causa independentista. También adquirió firmes conocimientos de derecho internacional y procesó los cambios producidos por las guerras napoleónicas, la Independencia americana y el Congreso de Viena, tras la derrota de Napoleón Bonaparte.
Su amistad con el guatemalteco de Irisarri le allanó el camino para ser nombrado secretario interino de la legación de Chile en Londres. Expirado ese cargo, ocupó la secretaría de la legación de Colombia en Londres, luego fue su encargado de negocios y, finalmente, cónsul general de Colombia en París. Pero su tensa relación con Bolívar y la falta de un pago regular que le permitiera sobrevivir lo decidió a aceptar el cargo de oficial mayor del ministerio de Hacienda en la República de Chile donde se afincó hasta sus últimos días.
Su trabajo educativo fue paralelo al de funcionario. Fue académico del Instituto Nacional y el fundador del Colegio de Santiago, firme polemista sobre el carácter de la educación pública, junto con Domingo Faustino Sarmiento, integrante de la Sociedad Literaria de 1842, impulsor de la creación de la Universidad de Chile, redactor de sus estatutos y su primer rector. Cofundó el periódico “El Araucano” y fue un crítico cultural de gran predicamento en el ámbito artístico.
El Congreso Nacional le otorgó la ciudadanía chilena tras su solicitud y un trámite reglamentario que no esquivó. Unos años más tarde fue electo senador por la ciudad de Santiago de Chile; entre 1840 y 1855 fue el principal redactor del Código Civil chileno en el que armonizó el antiguo derecho de Roma y de España con los nuevos principios de la Revolución Francesa recogidos en el Código Napoleónico.
Su trabajo académico y literario no fue a la zaga. Escribió Principios de derecho de gentes, Principios de ortología y métrica, una Historia de la literatura, Filosofía del entendimiento y su imponente Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos en la que deslatinizó la gramática castellana para develar el verdadero sistema gramatical de su lengua, desterró de la métrica castellana la cantidad silábica y asentó el verso castellano en sus bases silábicas y en los acentos con el objetivo fue “independizar” el idioma de sus formas peninsulares pero, a la vez, evitar la fragmentación lingüística de América.
Fue un humanista liberal que abogó por una educación pública masiva y de calidad como clave en la formación de ciudadanos democráticos, que le dio importancia al hablar y escribir con claridad para tener una comunicación pública precisa, que impulsó la construcción equilibrada entre la ley y la ciudadanía para obtener libertades amplias, que apoyó la igualdad entre las naciones como la igualdad de las personas ante la ley, que enfrentó a la iglesia por sus privilegios corporativos y que debatió con algunos contemporáneos que luchaban por una ruptura mayor con las estructuras coloniales y advirtieron con razón sobre el sufrimiento futuro que padecería América por su condición poscolonial. Un debate que nos sigue interpelando.
Una primavera de 1865 despidió a su pluma incansable con tranquilidad y parsimonia.
Salú Andrés Bello! Un grande de nuestra América inconclusa.

Ruben Ruiz
Secretario General 


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