En Argentina estamos viviendo momentos distópicos.
Hay sobreproducción de gas natural pero no se puede transportar y, por lo tanto, no se puede satisfacer la demanda.
Las temperaturas bajan inexorablemente pero las tarifas suben sin solución de continuidad haciendo más dificultoso el acceso a un servicio público como es el transporte y la distribución de gas en Argentina.
En contraposición, la energía eléctrica será más cara en verano, cuando el consumo sea mayor, dado que las generadoras funcionan mayoritariamente con gas natural como combustible más limpio y barato.
Este lunes comenzó un nuevo período de limitación de gas natural para GNC y para muchas industrias. La razón que exponen las autoridades es que creció el consumo residencial y que se interrumpe el servicio de acuerdo a prioridades establecidas.
No es el primer episodio. Las industrias del centro y norte del país vienen reduciendo su producción porque no asumen los precios exorbitantes que la Secretaría de Energía les quiere imponer por el precio del gas importado. Las GNC con contratos interrumpibles son las primeras damnificadas pero quienes tienen contratos firmes también tienen topes que se saturan con facilidad y no tienen reposición del fluido más allá de las restricciones generales.
Ahora bien, el problema es más complejo y la respuesta al jeroglífico energético es más simple.
Durante el siglo XXI se realizaron expansiones, ampliaciones y extensiones regionales sobre el sistema de gasoductos y ramales de aproximación que mejoraron tibiamente el panorama se habilitó el Gasoducto del Noreste Argentino (GNEA). El único gasoducto troncal construido fue el primer tramo del Néstor Kirchner (rebautizado Francisco P. Moreno), que se financió con el “impuesto a la riqueza” e inaugurado en 2023. La paradoja es que no se avanzó en la construcción del segundo tramo y su impacto nacional se vio limitado. Otro gasoducto más pequeño entre las ciudades de Mercedes y Cardales que conecta los dos sistemas de transporte de gas más grande de Argentina fue inaugurado hace pocos meses.
En el año 2000 había cinco millones de usuarios de gas natural en Argentina. Hoy, somos más de nueve millones.
Es evidente que la construcción de gasoductos vs cantidad de usuarios está alejada de lo que necesitamos.
No hay política pública para incentivar esa construcción necesaria. Mientras tanto, una parte del sobrante de la producción se exporta a Chile, Uruguay y Brasil a precio desregulado. La contracara es que seguimos contratando barcos de GNL a precios cada vez mayores y que no se terminan obras ya iniciadas como la reversión del gasoducto Norte o la planta compresora de Las Armas que aliviaría a los usuarios de la costa bonaerense. Ganan las petroleras, pierden los usuarios.
Todo está enfocado a la exportación futura de gas natural. No hay visión integral. Se demoniza a la planificación y al Estado y se sumerge en la incertidumbre a los usuarios. Cuando hay más consumo residencial sufren las GNC y las industrias. Cuando se revitaliza la industria sufren los residenciales y las generadoras eléctricas.
Será necesario una política energética nacional que frene la tribalización actual y ordene la importancia del consumo interno junto a las necesarias exportaciones. No es el huevo o la gallina. La matriz energética argentina está compuesta en un 52% de gas natural. Es un diseño histórico que mejoró la calidad de vida de millones de ciudadanos/as. Se transformó en un derecho que los usuarios honramos mensualmente (el grado de morosidad no supera el 3%). No hay razones para relegarnos.
COMISIÓN DIRECTIVA APJ GAS




























